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Posts Tagged ‘terry pratchett’

terry-pratchett-1maxCreo que a través de los chicos de ViaNews he llegado a un blog que ha colgado una entrevista a este gran autor: Terry Pratchett. Como algunos sabréis (siento ser portador de malas nuevas para los que no estuviérais enterados) Sir Terry Pratchett padece Alzheimer, el link os lleva a un artículo de la wikipedia, así que tampoco os fiéis mucho de lo que pone allí. En fin, sabéis que en esta casa este buen hombre es adorado y amado por la gran mayoría (Aquí tenéis dos reseñas sobre su obra, una de El Color de la Magia y otra de La Luz Fantástica), así que la noticia (surgida hace ya un tiempo) sentó como un jarro de agua fría.

Esta entrevista (o este estracto de la misma) me ha parecido sumamente conmovedora, así que darle las gracias a squallido y su blog por la aportación que ha hecho. Aquí podéis verla en El Rincón de Squallido. Aquí os la pego, es larga, pero vale la pena:

Nos estamos comportando como unos estúpidos. En el último siglo hemos tenido tanto éxito a la hora de alargar nuestra vida que nos hemos olvidado de cómo morir, y a menudo lo acabamos aprendiendo por las malas. Y cuando la generación del baby-boom vaya llegando a la edad de jubilarse, más costará todavía aprender la lección. Por lo menos, esta era mi forma de verlo hasta hace una semana.

Ahora, sin embargo, vivo con esperanza. Esperanza de poder saltar al abismo por voluntad propia antes de que la enfermedad me borre el cerebro del todo, arrastrando conmigo a mi némesis a la perdición como hizo Sherlock Holmes al luchar con Moriarty mientras ambos caían por una cascada. Por lo menos, pensar así confiere una maravillosa sensación de poder, de que el enemigo puede ganar pero no triunfar.

La semana pasada una encuesta desveló que más de tres cuartas partes de la población británica está a favor del suicido asistido en caso de enfermedad terminal. El jueves, la cámara de los lores dictó una sentencia histórica en el caso de Debbie Purdy, que sufre de esclerosis múltiple y temía que su marido fuera procesado si la acompañaba a morir fuera de su país. Quería que se clarificara la ley de muerte asistida y los magistrados han ordenado al Fiscal General que diseñe las políticas según las que se iniciarán procesos legales
o no.

Parece que el baby-boom ha hablado y por lo menos algunos de ellos esperan morir antes de hacerse viejos. Bueno, demasiado viejos. Algunos vieron lo que pasó con sus padres o abuelos, y no les gusta. Yo recuerdo todos los días la muerte de mi padre. Las enfermeras se portaron muy bien pero allí había algo muy equivocado.

Los resultados de la encuesta llegaron al mismo tiempo que el Colegio Real de Enfermería anunciaba que dejaría de oponerse a la muerte asistida. Hay otros signos que también apuntan a que la profesión médica en general está preparada para, al menos, afrontar el tema.

Odio la expresión “suicidio asistido”. He presenciado las consecuencias de dos suicidios, y en mi época de periodista asistí a demasiados levantamientos de cadáver, donde me asombraban y horrorizaban las muchas formas que encuentra una persona desesperada para quitarse la vida. El suicidio es temor, vergüenza, desesperación y dolor. Es locura. En cambio, esos valientes que buscan la muerte fuera de su país me parecen estar bendecidos con una sensatez febril. Han visto su futuro y no quieren formar parte de él.

Para mí, lo escandaloso no es solo que haya gente inocente bajo la amenaza de ser considerados asesinos por cometer un claro acto de piedad; lo más injusto es que la gente tenga que ir a otro país a morir. Debería ser posible morir aquí con ayuda benigna. No hace falta leer mucha historia ni moverse en círculos médicos para concluir que la profesión siempre ha considerado parte de su ámbito ayudar a los moribundos a marcharse con más confort. En la época victoriana esperaban la muerte en sus casas, asistidos sin duda por la profesión médica. Entonces no existía control sobre las drogas (ni sobre las armas). El laúdano y los opiáceos estaban a la orden del día y todo el mundo sabía dónde conseguirlos. ¡Incluso Sherlock Holmes!

Cuando era periodista, una enfermera jubilada me contó una vez cómo ayudó a un paciente de cáncer a llegar al más allá utilizando una almohada. Sin mejores medicinas en aquel tiempo y lugar, y con su esposa histérica ante el dolor que sufría, la muerte iba a llegar como un amigo: era la vida, la vida fuera de quicio, la que le estaba matando. “Lo llamábamos señalarles el cielo”, me dijo. Décadas más tarde se lo comenté a una enfermera más joven. Puso cara de póker y después me dijo: “Nosotros lo llamábamos mostrarles el camino”. Se marchó rápidamente, consciente de que había dejado un rehén en manos de la suerte.

Se dice que a los doctores no les gusta que los pacientes sepan que, teóricamente, su médico de cabecera dispone de los medios para matarlos. ¿Por quién nos toman? Yo supongo que hasta mi dentista podría matarme si quisiera. Pero no me preocupa lo más mínimo y supongo que, igual que mucha gente, estaría encantado de que la profesión médica me ayudara a dar el paso. Ya he dejado un escrito con mi voluntad si llego a esa situación, y de hecho este artículo del domingo en el The Mail servirá como prueba de mi determinación en este asunto. Yo no puedo hacer leyes, pero no tenéis ni idea de lo mucho que me gustaría que me escucharan quienes sí pueden.

En los últimos años he conocido a gente encantadora que decía tener una pasión innata por cuidar a los enfermos, y no tengo razones para dudar de ellos. Pero ¿pueden aceptar que haya gente que desee con fervorosa pasión que no se los cuide? Parece estar extendida la creencia de que los doctores y enfermeras, al menos en el hospital, aún tienen “cosas que pueden hacer” cuando un paciente está al límite. Y desde luego espero que así sea, pero me gustaría que pudiéramos aventar las nubes que ocultan el tema y aceptar la idea de terminar, si así lo pide, la vida de un enfermo terminal en el momento y, si es posible, el lugar que elija.

Escribo esto como alguien que, desgraciadamente, se ha hecho famoso por padecer alzhéimer. Y aunque ser famoso esté muy de moda últimamente, podría vivir sin esa fama. He investigado lo suficiente como para saber que no veré la cura, y sé que las últimas fases de la enfermedad pueden ser muy desagradables. De hecho, es una de las enfermedades más temidas entre los mayores de 65 años. Naturalmente me preocupa mi futuro. Existía una expresión: “muerte piadosa”. No creo que la ley la haya amparado jamás pero estaba ahí y aún sigue presente en la conciencia pública, y en general la conciencia pública suele acertar. No nos marcharíamos si vemos que un monstruo ataca a alguien y, si no consiguiéramos librarle de la bestia voraz, podríamos concluir que una muerte rápida e indolora es preferible a que el monstruo lo devore vivo. Desde luego, lo que no haríamos es meterle al monstruo en la cama y seguir el combate allí, lo cual es una metáfora bastante acertada de lo que se está haciendo en la actualidad, especialmente con los enfermos de “anciano”.

(Mi programa de reconocimiento de voz sigue empeñado en transcribir “alzhéimer” como “anciano” [*]. De hecho, he escuchado a mucha gente hacer lo mismo involuntariamente. No dejo de preguntarme si la percepción sobre la enfermedad sería algo más benévola sin ese cortante acento alemán.)

Mi padre era un hombre muy comprometido con la sociedad. El día antes de que le diagnosticaran cáncer de páncreas me dijo: “Si alguna vez me ves en la cama de un hospital rodeado de máquinas y tubos, diles que me apaguen”. Un año después, cuando los médicos se quedaron sin recursos y su cuerpo pasó a ser un campo de batalla entre el cáncer y la morfina, no hubo manera de hacerlo. No tengo ni idea de lo que le rondaría la cabeza entonces, pero ¿por qué tuvimos que pasar por aquello? Le habían dicho que le quedaba un año de vida, el año había pasado y él era un hombre práctico; sabía para qué lo habían llevado a la residencia. ¿Por qué no pudimos tener un final victoriano, quizá una semana antes, con tiempo para palabras cariñosas, buenos consejos y lágrimas justo antes del final? Habría convertido en algo humano y comprensible lo que en la práctica se volvió surrealista. No fue culpa del personal; ellos, como nosotros, eran presos del sistema. En el caso de mi padre, al menos el problema era el dolor y eso se puede controlar hasta el mismo desenlace. Pero no se me ocurre cómo controlar la pérdida gradual de la consciencia mientras el cuerpo sigue vivo, resultado del mal de “anciano”. Sé que mi padre era la clase de hombre que no monta el número, y puede que yo tampoco, si el dolor fuera el único problema. Pero no es el caso.

Estoy disfrutando la vida al máximo y espero poder seguir así por mucho tiempo. Pero, antes de que me llegue la hora, mi intención es morir sentado en el sillón de mi jardín con una copa de brandy en la mano y Thomas Tallis sonando en el iPod (esto último porque la música de Thomas es capaz de acercar un poco al cielo hasta a un ateo). Y puede que un segundo brandy si me da tiempo. Y dado que esto es Inglaterra, será mejor que añada: “Si llueve, que sea en la biblioteca”.

¿Quién puede decir que eso es malo? ¿Dónde está la abominación?

Pero esto es un debate muy serio. La gente está realmente preocupada por la posibilidad de que personas avariciosas obliguen a sus familiares enfermos a morir antes de tiempo. Me sorprendería bastante que no llegáramos a darnos cuenta de casos como este. En cualquier caso, la experiencia me dice que es bastante complicado obligar a un anciano a hacer algo que no quiere hacer. Se conocen a sí mismos a la perfección y, ante un caso así, protestarían bastante.

Por la seguridad de todos los que estamos interesados en ello, es necesario que haya un tribunal que decida y se asegure de que las peticiones de muerte asistida son de buena fé y no producto de la persuación. En mi opinión, los jueces de instrucción están perfectamente capacitados para ello. Todos los que he conocido han sido abogados previamente y tienen mucho rodaje y experiencia en la naturaleza humana a sus espaldas. O sea, son gente sabia. Lo que quiere decir que, aunque sea, los de mediana edad tienen la experiencia suficiente para tratar el problema. No tengo ni idea de cuantos de ellos estarían dispuestos. Estamos abriéndonos camino en una cuestión completamente nueva y no lo sabremos hasta que nos decidamos a hacerlo.

En mi época de periodista, vi hombres que lidiaban con la muerte de los bebes afectados por la talidomida y con las consecuencias de terribles accidentes con calma y compasión. Si sus sucesores hacen gala de la misma empatía en sus decisiones, creo que podremos llegar a plantarle cara a la gente que está en contra. Y también me gustaría que los servicios sociales se mantengan al margen de las negociaciones. No creo que sus propuestas sean viables.

En este país, hemos perdido la fe en la sabiduría de la gente corriente como mi padre. Y es esa gente corriente la que toma las desiciones en última instancia. Hay gente que sigue pensando que la industria de la asistencia a enfermos no se va a desbordar. Incluso sin aceptar que es algo que ya está pasando actualmente, como pensamos muchos, es obvio que en las próximas décadas vamos a tener serios problemas si no se toman medidas. Se ve en los números. Estamos afrontando una situación en la que los ancianos son cuidados en su casas por gente que ya es pensionista. Al sistema actual no le queda mucho, y la Seguridad Social tendrá que afrontar el problema.

También existen hogares de acogida que están sometidos a inspecciones. Inspecciones que tenemos que dar por hecho que son fiables. Pero ¿quién nos dice que hogar elegir? ¿cómo saber que no nos estamos equivocando? ¿cómo saber, siendo paciente de Alzheimer o tutor de algún enfermo, si el lugar que eliges emplea o no la nutrición artificial? La nutrición artificial consiste en obligar a alimentarse a los pacientes que rechazan la comida. Me he enterado hace poco y me temo que ha afectado bastante a mi forma de ver las cosas. Después de todo, los pacientes son gente inocente que se encuentra en el corredor de la muerte, y, aún así, sigue habiendo gente que considera correcto someterlos a algo tan denigrande y doloroso. La Asociación Nacional del Alzheimer británica dice que la nutrición artificial “no es la mejor alternativa”. Una afirmación demasiado diplomática.

Los especialistas en los que más confío me han comentado que el problema principal del tratamiento de los pacientes más graves no es la falta de cuidados ni de buena voluntad, sino la falta de personal especializado en el tratamiento de enfermos terminales de Alzheimer. Estoy seguro de que nadie pretende ser cruel, pero el tratamiento de nuestros enfermos parece no seguir ninguna filosofía. Como sociedad, debemos pararnos y sopesar las consecuencias de esta política de vivir a toda costa. Me he enterado de que ya existe un “catálogo oficial de la calidad de vida”. Y no sé hasta que punto lo veo como algo positivo.

En el primer libro de mi saga Mundodisco, publicado hace ya más de 26 años, introduje a la Muerte como personaje. No es algo particularmente original: la muerte ha aparecido en la literatura y otras artes desde la época medieval, y durante siglos la figura del Segador Oscuro nos ha fascinado. Pero la Muerte del Mundodisco tiene una particularidad. Se ha convertido en un personaje popular. Después de todo, como explica él mismo con parsimonia, no es él quien mata. Quienes matan son las armas, los cuchillos, el hambre. La Muerte aparece después para tranquilizar a los confusos recién llegados en el inicio de su viaje. Es un personaje amable; es un ángel, al fin y al cabo. Y le maravillamos con nuestra forma de complicar nuestra corta existencia y con nuestros esfuerzos. A mí también.

Al cabo de uno o dos años empecé a recibir cartas sobre la Muerte. Las enviaba gente desde las residencias, sus familiares, personas que se habían quedado viudas, jóvenes con leucemia y padres de chicos que habían sufrido un accidente con la moto. Recuerdo una en la que el firmante me decía que los libros le habían sido de gran ayuda a su madre mientras estaba ingresada. La gente me pide frecuentemente permiso para utilizar pasajes del Mundodisco en los servicios en memoria de sus familiares fallecidos. Todos ellos, de alguna manera, intentaban darme las gracias. Y hasta que me acostumbré, cada una de estas cartas me conmovía tanto que ya no escribía en todo el día después de recibirla. La persona más valiente que he conocido era un joven que padecía una enfermedad muy fea, complicada y poco común, y estaba pasando por un tratamiento durísimo. La última vez que lo vi fue en una convención del Mundodisco, donde eligió el papel de asesino en un juego. Murió poco después, y ojalá yo tuviera su fortaleza y su estilo. Me gustaría pensar que mi rechazo a recibir asistencia en la última etapa de mi vida deje libres los recursos para gente como él.

Permitidme dejar bien claro lo siguiente: no creo que exista algo como “el deber de morir”; deberíamos atesorar la edad avanzada como la presencia tangible del pasado, y honrarla como tal. En septiembre del último año la baronesa Warnock hizo unas declaraciones que posiblemente fueran malinterpretadas, diciendo que la gente mayor tenía “el deber de morir”, y conozco a gente con miedo de que la regularización de la muerte asistida pueda llegar a convertirla de algún modo en parte de la política nacional de salud. Dudo mucho que se diera ese caso. Estamos en una democracia y ningún gobierno democrático llegaría a ninguna parte con una política de eutanasia obligatoria o siquiera recomendada. Si alguna vez tuviéramos un gobierno así, estaríamos metidos en un lío tan enorme que este problema sería la menor de nuestras preocupaciones.

Pero tampoco creo que tengamos la obligación de sufrir los calamidades de una enfermedad terminal. Como escritor, siempre he estado acostumbrado a ser conocido por un grupo de gente (más grande de lo que yo esperaba, la verdad) que lee libros. No estaba preparado para lo que pasó cuando anuncié que padecía Alzheimer en diciembre del año 2007 y aparecí en televisión. La gente me paraba por la calle para decirme que su madre también lo padecía. A veces incluso, me decían que les pasaba también a sus padres. Los miraba a los ojos y veía miedo. El otro día en Londres, un hombre hecho y derecho me cogió por el brazo y me dijo, “Muchas gracias por todo lo que estás haciendo, mi madre murió de lo mismo” y desapareció entre la gente. Y todo esto sin contar la enorme cantidad de cartas y correos electrónicos muchos de los cuales me temo que se quedarán sin reponder.

Pero la gente sí pasa miedo, y no porque se les incite a ello sino porque recuerdan alguna muerte desagradable en su historia familiar. A veces me veo inmerso en conversaciones extrañas, porque soy una persona de aspecto afable a quien la gente cree que conoce y, lo más importante, porque no soy una figura de autoridad. Más bien lo contrario. He conocido a enfermos de Alzheimer que esperan que otra enfermedad se los lleve antes. Algunas ancianitas se me han confiado para decirme: “Estoy ahorrando pastillas para el final, cariño”. Lo que hacen, en realidad, es conferirse una sensación de control. He conocido enfermeras retiradas que se han llevado sus provisiones para el futuro, con bastante más conocimiento de causa.

Desde la experiencia personal, creo que la reciente encuesta refleja la forma en la que la gente del país percibe el problema. No les horroriza la muerte; es lo que pasa antes lo que les preocupa. La vida es fácil y barata de producir. Pero las cosas que le añadimos, como el orgullo, el respeto propio y la dignidad humana, son también dignas de preservarse, y podemos perderlas a causa de nuestro fetiche por la vida a toda costa.

Creo que si la carga se hace demasiado pesada, debería permitirse a quienes lo deseen que alguien les señale la puerta. En mi caso, cuando llegue el momento, espero que sea la que da a mi jardín, bajo un cielo inglés. O, si llueve, que sea la de la biblioteca.

[*] Alzheimer’s y old-timers en el original. (N. del T.)

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rincewindEntre hielo y fuego me leo una de Rincewind para calmar mis ánimos, cosas que tiene uno. Voy a intentar explicaros sin repetirme demasiado qué viene siendo la literatura terryprattchiana. Para saber qué pienso en general de la obra de Terry Prattchet pasad por el link anterior. Con La Luz Fantástica, este genio del humor pone punto y final a la historia de la amistad entre Rincewind y Dosflores (el primer turista del Disco, no lo olvidemos).

Creo que junto con el primero, son los dos buques insignia de la obra de Pratchett (me faltan muchos por leer, pero todo caerá, señores y señoras) ya que es innegable que el tándem Rincewind-Dosflores-Equipaje-Cohen hacen las delicias incluso del lector más austero. En la primera parte dejamos a nuestro querido e incompetente (tampoco olvidemos esto) mago en una situación… bueno, la palabra correcta sería “complicada“, pero quizás una expresión menos escueta como “muerte 99% asegurada al acabar de leer” sería más acertada. Sin embargo, ¿cómo podía ser de otra manera? el Disco se convulsiona y consigue sacar a Rincewind, Dosflores y el Equipaje, del lío en el que se habían metido… solo para soltarlos en un mundo repleto de peligros y magos buscándolos.

discworld

Este fue el primer libro que leí de Pratchett, me lo dejó el bueno de Rager un veranito y lo engullí con cierta gula, ya que antes no había oído hablar de este personaje (triste de mí) y tenía una pinta fantástica y fresca. Porque en realidad, la historia del libro la puedo definir en un par de frases más o menos complejas: aparece una estrella roja en el firmamento, la gente se vuelve loca porque piensa que el apocalipsis se acerca salvajemente, Rincewind es el único que puede salvar al Disco, pero ni quiere hacerlo ni sabe cómo.

Vuelvo a repetir (sí sí, vuelvo a repetir, ya que lo he repetido en alguna ocasión :P) que no es relevante la trama, aunque los giros en la misma suelen ser bastante predecibles cuando uno tiene un vagaje importante en este autor. Lo importante es la gracia con la que describe cosas imposibles y luego las niega, o construye formas tan pintorescas como la ley de las metáforas. La ley de las metáforas (no la llama así, así la llamo yo) fue una especie de decreto que llevó acabo un tipo que no veía claro el tema de las metáforas, castigando a los que no ratificaran su alegoría lírica con datos exactos. Nadie podía decir: “La ciudad se vio sumida en un mar de luces” si no ratificaba que realmente la ciudad estaba sumergida en un mar que estuviera formado por luces en vez de por agua. Sin duda eso hizo muy díficil la de por si chunga vida de los poetas de Ank Morpork.

Leed Terry Pratchett para descontracturar la mente y el espíritu. Los psicólogos (si hay alguno que se pase por el blog podría confirmarlo) deberían recetarlo en dosis gargantuescas para los afectados por depresión o los que son proclives a la misma.

Me he comenzado a leer Choque de Reyes, en breve (si los examenes y el tiempo lo permite) la reseña.

PD: seguimos con la encuesta, parece que ya funciona mejor (hubo algún que otro problemilla en cuanto a lo de los porcentajes, se ha solucionado solo) ¡no os olvidéis de votar!

discworld_by_joshi38

Sacado de devianart, tras la cita el link

La cita: Conviene aclarar aquí que la última vez que los dos vieron la ciudad, esta ardía por los cuatro costados, lo cual tenía mucho que ver con el hecho de que Dosflores presentara el concepto de las pólizas de seguros contraincendios a una población disculpable, pero ignorante. Sin embargo, los incendios devastadores era cosa usual en la vida morporkiana, y la ciudad ya había sido recontruida alegre y meticulosamente, usando los materiales tradicionales de la zona: madera bien seca y paja impermeabilizada con brea.

Foto: a partir de ahora voy a linkar las fotos que saco del devian, me parece una cagada por mi parte no haberlo hecho hasta ahora.

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Antes de nada debo pedir disculpas en nombre de los dos integrantes de este blog. Estamos los dos francamente liados. Yo esta semana he comenzado las dos carreras y mi tiempo se ha visto afectado gravemente; todo se retroalimenta. Con menos tiempo para hacer cosas que me gustan tengo menos tiempo para hablar de ellas, es lo que hay. Aunque siempre hay algo que puedo hacer en los momentos (escasos) de calma, y ese algo es leer un buen libro (o malo, sigo con el fatídico Memorias de Idhún III, ya hablaré de él si lo acabo algún día).

Me acabo de terminar El Color de la Magia, de Terry Pratchett. ¿Qué decir de este hombre que no se haya dicho ya en algún lugar? Es una máquina de las carcajadas. Su escritura es rápida e increíblemente ingeniosa, y todos sus libros se leen del tirón, de una manera fácil y ligera. Una cosa que me sorprendió fue el que no haya capítulos, cada cinco o seis páginas hay un pequeño parón y cambia de personajes, a veces menos, a veces más.

Sus detractores pueden decir que todos sus argumentos, personajes y tramas son bastante identificables las unas con las otras y que eso afecta a que un lector pueda cansarse al leer dos libros, eso tendría sentido si la trama y los personajes fueran lo relevante de sus historias. Lo verdaderamente relevante de la literatura terrypratchiana (término creo que inventado por mi para este artículo XD) creo que es lo terriblemente divertidos que son sus personajes, las situaciones desternillantes en las que se ven envueltos y la omnipotente carcajada en la cara a todos los escritores de fantasía que se lee en cada libro, página y frase de su obra. A parte del infinito humor absurdo de cada libro y situación, uno de los leitmotivs más importantes y constantes es la burla sana y descarada hacia cualquier obra de fantasía. Desde el mago sin ningún tipo de habilidad mágica cuya más valorada habilidad es la de conseguir huir de CUALQUIER situación, hasta el guerrero bárbaro de 80 añazos que apenas puede mantener en alto su espada, pasando por el fantástico turista (el primero, no lo olvidemos) incapaz de sentir miedo aunque le esten apuntando con sus varas cien magos furiosos.

De todas maneras, debo decir a sus detractores que no considero ni con mucho que todo sea exactamente igual en cada libro. Las situaciones son parecidas, en cuanto a lo absurdo del humor (que riza al rizo) y en cuanto a que puedes intuir hacia donde irán los tiros (probablemente hacie el culo de Rincewind, sin lugar a dudas), pero vuelvo a decir que la gracia del asunto es ver cómo lo hace. El lugar donde se lleva a cabo la acción en casi todas sus novelas (exceptuando la trilogía de los gnomos y alguna más por ahí) es el Mundodisco. Una enorme tortuga llamada Gran a’Tuin sostiene a cuatro elefantes gigantescos que a su vez sostienen el disco; la tortuga navega alegremente por el cosmos, de una manera errática e imprevisible. Es un mundo de fantasía medieval salpicado de mitos, dioses y magos que miden su capacidad mágica a través de lo rápido que pueden liarse un cigarrillo.

Era una oscuridad tan profunda que el color negro a su lado parecería un gris deslucido“. Ésto lo he podido leer en la última novela que me he leído, El Color de la magia. En ella, el entrañable Dosflores (el primer turista del Disco) decide gastar los ahorros de toda su vida en visitar la mítica Anhk Morpork, ciudad de magia, intrigas, ladrones y princesas en apuros. La suerte quiere que aterrice cerca de la única persona de la ciudad que puede entender su idioma, Rincewind, mago de tercera. El bueno de Rincewind es un mago que no sabe hacer magia, a parte de por su innata torpeza, por el sutil acontecimiento que hizo a uno de los Ocho Hechizos más poderosos del Disco, anclarse en su mente (poniendo en franca retirada a los otros hechizos que compartían el espacio, asustados). Viven unas peripecias que les hacen ir de lado a lado del Mundodisco, enfrentarse a unos poderosos jinetes de dragones imaginarios, luchando por sus vidas en el mismísimo borde del disco, y enfrentándose a una bestia lovecraftiana surgida de un templo en la profundidad de un bosque.

Dosflores arrastra a Rincewind hacia los más atroces peligros, y éste consigue sacarlo de ellos a base de una inusitada buena suerte y de una capacidad de antelación a los acontecimientos epopéyica: Rincewind huele el peligro de muerte a quilómetros, y en ese mismo instante comienza a preparar su huida (a veces incluso a llevarla acabao ya). Además, sabe a ciencia cierta que ha estado en peligro de muerte muchas veces, e incluso a punto de morir, ya que es un mago; y a los magos en el Mundodisco los va a buscar la mismísima Muerte (que intenta hablar en mayúsculas siempre que puede).

En definitiva, Terry Pratchett en general, y el Color de la magia en particular, es un tipo de literatura fantástico-cómica, cuya única y dramática intención es arrancarte una sonrisa constante y hacer que te olvides de tus posibles preocupaciones diarias y mundanas. Leí un anuncio hace un tiempo que decía que a este autor magnífico le habían diagnosticado alzheimer, una auténtica pena. Desde aquí, fanáticos ambos de la literatura terrypratchiana, solo decirle que no podremos olvidarlo. Siempre me quedará un rato para leer alguna de sus divertidísimas novelas, muy recomendables.

Un saludo, espero haberos animado a leer algo de él, a pesar de que no a todo el mundo le acaba haciendo la misma gracia que a mi.

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