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Posts Tagged ‘Literatura’

terry-pratchett-1maxCreo que a través de los chicos de ViaNews he llegado a un blog que ha colgado una entrevista a este gran autor: Terry Pratchett. Como algunos sabréis (siento ser portador de malas nuevas para los que no estuviérais enterados) Sir Terry Pratchett padece Alzheimer, el link os lleva a un artículo de la wikipedia, así que tampoco os fiéis mucho de lo que pone allí. En fin, sabéis que en esta casa este buen hombre es adorado y amado por la gran mayoría (Aquí tenéis dos reseñas sobre su obra, una de El Color de la Magia y otra de La Luz Fantástica), así que la noticia (surgida hace ya un tiempo) sentó como un jarro de agua fría.

Esta entrevista (o este estracto de la misma) me ha parecido sumamente conmovedora, así que darle las gracias a squallido y su blog por la aportación que ha hecho. Aquí podéis verla en El Rincón de Squallido. Aquí os la pego, es larga, pero vale la pena:

Nos estamos comportando como unos estúpidos. En el último siglo hemos tenido tanto éxito a la hora de alargar nuestra vida que nos hemos olvidado de cómo morir, y a menudo lo acabamos aprendiendo por las malas. Y cuando la generación del baby-boom vaya llegando a la edad de jubilarse, más costará todavía aprender la lección. Por lo menos, esta era mi forma de verlo hasta hace una semana.

Ahora, sin embargo, vivo con esperanza. Esperanza de poder saltar al abismo por voluntad propia antes de que la enfermedad me borre el cerebro del todo, arrastrando conmigo a mi némesis a la perdición como hizo Sherlock Holmes al luchar con Moriarty mientras ambos caían por una cascada. Por lo menos, pensar así confiere una maravillosa sensación de poder, de que el enemigo puede ganar pero no triunfar.

La semana pasada una encuesta desveló que más de tres cuartas partes de la población británica está a favor del suicido asistido en caso de enfermedad terminal. El jueves, la cámara de los lores dictó una sentencia histórica en el caso de Debbie Purdy, que sufre de esclerosis múltiple y temía que su marido fuera procesado si la acompañaba a morir fuera de su país. Quería que se clarificara la ley de muerte asistida y los magistrados han ordenado al Fiscal General que diseñe las políticas según las que se iniciarán procesos legales
o no.

Parece que el baby-boom ha hablado y por lo menos algunos de ellos esperan morir antes de hacerse viejos. Bueno, demasiado viejos. Algunos vieron lo que pasó con sus padres o abuelos, y no les gusta. Yo recuerdo todos los días la muerte de mi padre. Las enfermeras se portaron muy bien pero allí había algo muy equivocado.

Los resultados de la encuesta llegaron al mismo tiempo que el Colegio Real de Enfermería anunciaba que dejaría de oponerse a la muerte asistida. Hay otros signos que también apuntan a que la profesión médica en general está preparada para, al menos, afrontar el tema.

Odio la expresión “suicidio asistido”. He presenciado las consecuencias de dos suicidios, y en mi época de periodista asistí a demasiados levantamientos de cadáver, donde me asombraban y horrorizaban las muchas formas que encuentra una persona desesperada para quitarse la vida. El suicidio es temor, vergüenza, desesperación y dolor. Es locura. En cambio, esos valientes que buscan la muerte fuera de su país me parecen estar bendecidos con una sensatez febril. Han visto su futuro y no quieren formar parte de él.

Para mí, lo escandaloso no es solo que haya gente inocente bajo la amenaza de ser considerados asesinos por cometer un claro acto de piedad; lo más injusto es que la gente tenga que ir a otro país a morir. Debería ser posible morir aquí con ayuda benigna. No hace falta leer mucha historia ni moverse en círculos médicos para concluir que la profesión siempre ha considerado parte de su ámbito ayudar a los moribundos a marcharse con más confort. En la época victoriana esperaban la muerte en sus casas, asistidos sin duda por la profesión médica. Entonces no existía control sobre las drogas (ni sobre las armas). El laúdano y los opiáceos estaban a la orden del día y todo el mundo sabía dónde conseguirlos. ¡Incluso Sherlock Holmes!

Cuando era periodista, una enfermera jubilada me contó una vez cómo ayudó a un paciente de cáncer a llegar al más allá utilizando una almohada. Sin mejores medicinas en aquel tiempo y lugar, y con su esposa histérica ante el dolor que sufría, la muerte iba a llegar como un amigo: era la vida, la vida fuera de quicio, la que le estaba matando. “Lo llamábamos señalarles el cielo”, me dijo. Décadas más tarde se lo comenté a una enfermera más joven. Puso cara de póker y después me dijo: “Nosotros lo llamábamos mostrarles el camino”. Se marchó rápidamente, consciente de que había dejado un rehén en manos de la suerte.

Se dice que a los doctores no les gusta que los pacientes sepan que, teóricamente, su médico de cabecera dispone de los medios para matarlos. ¿Por quién nos toman? Yo supongo que hasta mi dentista podría matarme si quisiera. Pero no me preocupa lo más mínimo y supongo que, igual que mucha gente, estaría encantado de que la profesión médica me ayudara a dar el paso. Ya he dejado un escrito con mi voluntad si llego a esa situación, y de hecho este artículo del domingo en el The Mail servirá como prueba de mi determinación en este asunto. Yo no puedo hacer leyes, pero no tenéis ni idea de lo mucho que me gustaría que me escucharan quienes sí pueden.

En los últimos años he conocido a gente encantadora que decía tener una pasión innata por cuidar a los enfermos, y no tengo razones para dudar de ellos. Pero ¿pueden aceptar que haya gente que desee con fervorosa pasión que no se los cuide? Parece estar extendida la creencia de que los doctores y enfermeras, al menos en el hospital, aún tienen “cosas que pueden hacer” cuando un paciente está al límite. Y desde luego espero que así sea, pero me gustaría que pudiéramos aventar las nubes que ocultan el tema y aceptar la idea de terminar, si así lo pide, la vida de un enfermo terminal en el momento y, si es posible, el lugar que elija.

Escribo esto como alguien que, desgraciadamente, se ha hecho famoso por padecer alzhéimer. Y aunque ser famoso esté muy de moda últimamente, podría vivir sin esa fama. He investigado lo suficiente como para saber que no veré la cura, y sé que las últimas fases de la enfermedad pueden ser muy desagradables. De hecho, es una de las enfermedades más temidas entre los mayores de 65 años. Naturalmente me preocupa mi futuro. Existía una expresión: “muerte piadosa”. No creo que la ley la haya amparado jamás pero estaba ahí y aún sigue presente en la conciencia pública, y en general la conciencia pública suele acertar. No nos marcharíamos si vemos que un monstruo ataca a alguien y, si no consiguiéramos librarle de la bestia voraz, podríamos concluir que una muerte rápida e indolora es preferible a que el monstruo lo devore vivo. Desde luego, lo que no haríamos es meterle al monstruo en la cama y seguir el combate allí, lo cual es una metáfora bastante acertada de lo que se está haciendo en la actualidad, especialmente con los enfermos de “anciano”.

(Mi programa de reconocimiento de voz sigue empeñado en transcribir “alzhéimer” como “anciano” [*]. De hecho, he escuchado a mucha gente hacer lo mismo involuntariamente. No dejo de preguntarme si la percepción sobre la enfermedad sería algo más benévola sin ese cortante acento alemán.)

Mi padre era un hombre muy comprometido con la sociedad. El día antes de que le diagnosticaran cáncer de páncreas me dijo: “Si alguna vez me ves en la cama de un hospital rodeado de máquinas y tubos, diles que me apaguen”. Un año después, cuando los médicos se quedaron sin recursos y su cuerpo pasó a ser un campo de batalla entre el cáncer y la morfina, no hubo manera de hacerlo. No tengo ni idea de lo que le rondaría la cabeza entonces, pero ¿por qué tuvimos que pasar por aquello? Le habían dicho que le quedaba un año de vida, el año había pasado y él era un hombre práctico; sabía para qué lo habían llevado a la residencia. ¿Por qué no pudimos tener un final victoriano, quizá una semana antes, con tiempo para palabras cariñosas, buenos consejos y lágrimas justo antes del final? Habría convertido en algo humano y comprensible lo que en la práctica se volvió surrealista. No fue culpa del personal; ellos, como nosotros, eran presos del sistema. En el caso de mi padre, al menos el problema era el dolor y eso se puede controlar hasta el mismo desenlace. Pero no se me ocurre cómo controlar la pérdida gradual de la consciencia mientras el cuerpo sigue vivo, resultado del mal de “anciano”. Sé que mi padre era la clase de hombre que no monta el número, y puede que yo tampoco, si el dolor fuera el único problema. Pero no es el caso.

Estoy disfrutando la vida al máximo y espero poder seguir así por mucho tiempo. Pero, antes de que me llegue la hora, mi intención es morir sentado en el sillón de mi jardín con una copa de brandy en la mano y Thomas Tallis sonando en el iPod (esto último porque la música de Thomas es capaz de acercar un poco al cielo hasta a un ateo). Y puede que un segundo brandy si me da tiempo. Y dado que esto es Inglaterra, será mejor que añada: “Si llueve, que sea en la biblioteca”.

¿Quién puede decir que eso es malo? ¿Dónde está la abominación?

Pero esto es un debate muy serio. La gente está realmente preocupada por la posibilidad de que personas avariciosas obliguen a sus familiares enfermos a morir antes de tiempo. Me sorprendería bastante que no llegáramos a darnos cuenta de casos como este. En cualquier caso, la experiencia me dice que es bastante complicado obligar a un anciano a hacer algo que no quiere hacer. Se conocen a sí mismos a la perfección y, ante un caso así, protestarían bastante.

Por la seguridad de todos los que estamos interesados en ello, es necesario que haya un tribunal que decida y se asegure de que las peticiones de muerte asistida son de buena fé y no producto de la persuación. En mi opinión, los jueces de instrucción están perfectamente capacitados para ello. Todos los que he conocido han sido abogados previamente y tienen mucho rodaje y experiencia en la naturaleza humana a sus espaldas. O sea, son gente sabia. Lo que quiere decir que, aunque sea, los de mediana edad tienen la experiencia suficiente para tratar el problema. No tengo ni idea de cuantos de ellos estarían dispuestos. Estamos abriéndonos camino en una cuestión completamente nueva y no lo sabremos hasta que nos decidamos a hacerlo.

En mi época de periodista, vi hombres que lidiaban con la muerte de los bebes afectados por la talidomida y con las consecuencias de terribles accidentes con calma y compasión. Si sus sucesores hacen gala de la misma empatía en sus decisiones, creo que podremos llegar a plantarle cara a la gente que está en contra. Y también me gustaría que los servicios sociales se mantengan al margen de las negociaciones. No creo que sus propuestas sean viables.

En este país, hemos perdido la fe en la sabiduría de la gente corriente como mi padre. Y es esa gente corriente la que toma las desiciones en última instancia. Hay gente que sigue pensando que la industria de la asistencia a enfermos no se va a desbordar. Incluso sin aceptar que es algo que ya está pasando actualmente, como pensamos muchos, es obvio que en las próximas décadas vamos a tener serios problemas si no se toman medidas. Se ve en los números. Estamos afrontando una situación en la que los ancianos son cuidados en su casas por gente que ya es pensionista. Al sistema actual no le queda mucho, y la Seguridad Social tendrá que afrontar el problema.

También existen hogares de acogida que están sometidos a inspecciones. Inspecciones que tenemos que dar por hecho que son fiables. Pero ¿quién nos dice que hogar elegir? ¿cómo saber que no nos estamos equivocando? ¿cómo saber, siendo paciente de Alzheimer o tutor de algún enfermo, si el lugar que eliges emplea o no la nutrición artificial? La nutrición artificial consiste en obligar a alimentarse a los pacientes que rechazan la comida. Me he enterado hace poco y me temo que ha afectado bastante a mi forma de ver las cosas. Después de todo, los pacientes son gente inocente que se encuentra en el corredor de la muerte, y, aún así, sigue habiendo gente que considera correcto someterlos a algo tan denigrande y doloroso. La Asociación Nacional del Alzheimer británica dice que la nutrición artificial “no es la mejor alternativa”. Una afirmación demasiado diplomática.

Los especialistas en los que más confío me han comentado que el problema principal del tratamiento de los pacientes más graves no es la falta de cuidados ni de buena voluntad, sino la falta de personal especializado en el tratamiento de enfermos terminales de Alzheimer. Estoy seguro de que nadie pretende ser cruel, pero el tratamiento de nuestros enfermos parece no seguir ninguna filosofía. Como sociedad, debemos pararnos y sopesar las consecuencias de esta política de vivir a toda costa. Me he enterado de que ya existe un “catálogo oficial de la calidad de vida”. Y no sé hasta que punto lo veo como algo positivo.

En el primer libro de mi saga Mundodisco, publicado hace ya más de 26 años, introduje a la Muerte como personaje. No es algo particularmente original: la muerte ha aparecido en la literatura y otras artes desde la época medieval, y durante siglos la figura del Segador Oscuro nos ha fascinado. Pero la Muerte del Mundodisco tiene una particularidad. Se ha convertido en un personaje popular. Después de todo, como explica él mismo con parsimonia, no es él quien mata. Quienes matan son las armas, los cuchillos, el hambre. La Muerte aparece después para tranquilizar a los confusos recién llegados en el inicio de su viaje. Es un personaje amable; es un ángel, al fin y al cabo. Y le maravillamos con nuestra forma de complicar nuestra corta existencia y con nuestros esfuerzos. A mí también.

Al cabo de uno o dos años empecé a recibir cartas sobre la Muerte. Las enviaba gente desde las residencias, sus familiares, personas que se habían quedado viudas, jóvenes con leucemia y padres de chicos que habían sufrido un accidente con la moto. Recuerdo una en la que el firmante me decía que los libros le habían sido de gran ayuda a su madre mientras estaba ingresada. La gente me pide frecuentemente permiso para utilizar pasajes del Mundodisco en los servicios en memoria de sus familiares fallecidos. Todos ellos, de alguna manera, intentaban darme las gracias. Y hasta que me acostumbré, cada una de estas cartas me conmovía tanto que ya no escribía en todo el día después de recibirla. La persona más valiente que he conocido era un joven que padecía una enfermedad muy fea, complicada y poco común, y estaba pasando por un tratamiento durísimo. La última vez que lo vi fue en una convención del Mundodisco, donde eligió el papel de asesino en un juego. Murió poco después, y ojalá yo tuviera su fortaleza y su estilo. Me gustaría pensar que mi rechazo a recibir asistencia en la última etapa de mi vida deje libres los recursos para gente como él.

Permitidme dejar bien claro lo siguiente: no creo que exista algo como “el deber de morir”; deberíamos atesorar la edad avanzada como la presencia tangible del pasado, y honrarla como tal. En septiembre del último año la baronesa Warnock hizo unas declaraciones que posiblemente fueran malinterpretadas, diciendo que la gente mayor tenía “el deber de morir”, y conozco a gente con miedo de que la regularización de la muerte asistida pueda llegar a convertirla de algún modo en parte de la política nacional de salud. Dudo mucho que se diera ese caso. Estamos en una democracia y ningún gobierno democrático llegaría a ninguna parte con una política de eutanasia obligatoria o siquiera recomendada. Si alguna vez tuviéramos un gobierno así, estaríamos metidos en un lío tan enorme que este problema sería la menor de nuestras preocupaciones.

Pero tampoco creo que tengamos la obligación de sufrir los calamidades de una enfermedad terminal. Como escritor, siempre he estado acostumbrado a ser conocido por un grupo de gente (más grande de lo que yo esperaba, la verdad) que lee libros. No estaba preparado para lo que pasó cuando anuncié que padecía Alzheimer en diciembre del año 2007 y aparecí en televisión. La gente me paraba por la calle para decirme que su madre también lo padecía. A veces incluso, me decían que les pasaba también a sus padres. Los miraba a los ojos y veía miedo. El otro día en Londres, un hombre hecho y derecho me cogió por el brazo y me dijo, “Muchas gracias por todo lo que estás haciendo, mi madre murió de lo mismo” y desapareció entre la gente. Y todo esto sin contar la enorme cantidad de cartas y correos electrónicos muchos de los cuales me temo que se quedarán sin reponder.

Pero la gente sí pasa miedo, y no porque se les incite a ello sino porque recuerdan alguna muerte desagradable en su historia familiar. A veces me veo inmerso en conversaciones extrañas, porque soy una persona de aspecto afable a quien la gente cree que conoce y, lo más importante, porque no soy una figura de autoridad. Más bien lo contrario. He conocido a enfermos de Alzheimer que esperan que otra enfermedad se los lleve antes. Algunas ancianitas se me han confiado para decirme: “Estoy ahorrando pastillas para el final, cariño”. Lo que hacen, en realidad, es conferirse una sensación de control. He conocido enfermeras retiradas que se han llevado sus provisiones para el futuro, con bastante más conocimiento de causa.

Desde la experiencia personal, creo que la reciente encuesta refleja la forma en la que la gente del país percibe el problema. No les horroriza la muerte; es lo que pasa antes lo que les preocupa. La vida es fácil y barata de producir. Pero las cosas que le añadimos, como el orgullo, el respeto propio y la dignidad humana, son también dignas de preservarse, y podemos perderlas a causa de nuestro fetiche por la vida a toda costa.

Creo que si la carga se hace demasiado pesada, debería permitirse a quienes lo deseen que alguien les señale la puerta. En mi caso, cuando llegue el momento, espero que sea la que da a mi jardín, bajo un cielo inglés. O, si llueve, que sea la de la biblioteca.

[*] Alzheimer’s y old-timers en el original. (N. del T.)

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Vamos con esta segunda parte de la megareseña dedicada a este gran libro de Herman Mellvile. Hace mucho que me lo terminé, por lo que las cosas más importantes que pensé, probablemente ya se me hayan olvidado, pero eh, voy a hacer un ejercicio de memoria. Como dije en el anterior post, voy a centrarme en estos dos importantes protagonistas de la novela, el Pequod (barco en el que ocurre la acción) y el propio Capitán Ahab, el cazador que acaba cazado.

El Pequod:

Un ballenero en toda regla, sí señor. El Pequod es el escenario principal de la acción, vamos, donde ocurre toda la acción importante. Pero el autor no solo lo utiliza como telón de fondo de la trama, este ballenero significa mucho más que un simple barco, te traslada allí. Como dije en el anterior post, Moby Dick es casi un manual de/para balleneros, y con el barco no es menos explícito en sus definiciones. Los pormenores de la caza de ballenas, de la vida en un barco con tantos hombres agresivos, sus distintas partes y zonas, las diferentes labores que en él se llevan a cabo (desde el almacenaje de la grasa de ballena o esperma, hasta la labor del carpintero del barco, pasando por toda la estructura fundamental del mismo).

El Pequod es un barco condenado, una nave-ataúd donde se sabe que todo aquel que esté en él, probablemente morirá por los impulsos asesinos de su capitán. Me gustó particularmente, quién lo diría, la descripción de cómo cortaban la grasa de las ballenas. La verdad es que imaginarme a un leviatán atado a estribor, con el barco ladeado y todo el entramado de poleas y cuerdas erizadas cortando y arrancando de la fría carne sus valiosos trozos, hizo que sintiera cierta afinidad con los marinos y su trabajo. Los tiburones comiéndose la superficie inferior de la ballena… en un oceáno infinito lleno de paz. Todo era idílicamente complejo en el Pequod, y así acaba la función…

El Capitán Ahab:

Junto con Moby Dick, el protagonista fundamental de la obra; aunque comparte cartel con el miedo a lo desconocido, a la muerte, con la profundidad abismal del océano, con el bien y el mal.

La radiografía de Ahab es compleja, un hombre consumido por un dolor que surgió de una mezcla entre religión, superstición y dolor. Perseguía a Moby Dick cuando perdió su pierna, y el bueno de Ahab piensa que la ballena blanca se la arrancó por maldad. De hecho, por lo que yo he entendido, es algo que no deja de ser una incógnita. ¿La obsesión maníaca de Ahab por cazar al leviatán más grande del mundo surge de una relación nemesiana entre el bien (encarnado por el propio Capitán) y el mal (encarnado por la ballena)? A saber, el caso es que Ahab está como una cabra.

Consigue contagiar a la tripulación del Pequod con su obsesión por cazar a la ballena, extrapolando la lucha monomaníaca del Capitán con una especie de misión mesiánica que imbuye a toda la tripulación y al mismísimo destino del barco a una única solución: cazar y matar al leviatán blanco o morir en el intento. El Carisma extraño y turbio de Ahab, sus disquisiciones sobre el bien y el mal y esa serie de cosas son una de las perlas más importantes de la novela, o al menos son las partes que más me han llegado a gustar.

Ahab se alza imponente en contra de la ballena y en contra de una profecía que le augura un final trágico, con estoicismo y mucha ira.

Edito: se me ha ido la conclusión a la mierda… puto wordpress, tenía que fallar en un post complicado… la madre que lo trajo…

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Herman Mellvile es un autor encasillado en la corriente del Realismo, podría poner fácilmente un enlace a la wikipedia, pero eh, mejor leed un libro que hable sobre ello (será tremendamente aburrido, ya os lo digo ahora, pero quizás didáctico). En definitiva, podéis imaginar lo que es el Realismo, con lo cual, me ahorraré descripciones tediosas y francamente insustanciales. Voy a dividir la reseña en dos partes para que no quede tan densa, en esta primera parte hablaré sobre el libro en general y sobre Moby Dick, en el siguiente hablaré sobre el Pequod (el barco donde navega Ahab) y sobre el mismísimo Ahab. No pretendo ser un ilustrado en este tipo de reseñas, así que que me perdonen los puristas y que no sigan leyendo, no les vaya a dar un infarto y me ensucien el parqué. Allá voy.

El Libro:

Nos enfrentamos a una obra ciclópea, tanto en contenido como en páginas. No me gusta recorrer las sendas de la forma, tamaña tontería me parece supina excepto cuando se habla de poesía (y aún así, lees cada memez que hace que te tiemblen las piernas), sin embargo debo entrometerme en esa piscina de zarzas para comentar un par de cosas sobre este Moby Dick.  La estructura del libro aterroriza, un mar de definiciones imposibles sobre la vida en un ballenero, sobre la vida de los balleneros, sobre la forma de pensar, actuar, socializar, comer, dormir, cazar, cultivar el pensamiento, rezar, etcétera de los balleneros… todo eso se mezcla con esporádicos capítulos en los que la historia avanza, en los que se busca con ahinco a la ballena blanca.

Con una aceleración lenta, que acaba cogiendo una velocidad alarmante en las últimas 20-30 páginas, Moby Dick va desplegando el drama de un hombre obsesionado que consigue obsesionar al resto de su tripulación (a casi todos) con el ansia por cazar a la ballena blanca. Junto a eso, el señor Mellvile engrandece su ánimo haciendo que nos sintamos sumamente ignorantes; como mucho consigues captar 1/4 de las referencias a otros clásicos y a la Biblia, y muchos de los que pillas simplemente dices: “mmmm, juraría que esto hace referencia a algo, pero vete a saber a qué”. Estudiar este libro supondrá una epopeya digna de elogio para cualquiera con el suficiente tiempo y ánimo como para  siquiera intentarlo. Tiene mi bendición. Avísame cuando acabes.

Juraría que es uno de los padres de la novela moderna, con ese narrador en primera persona que confunde en ocasiones y que muestra su omnipotencia en otras. El Simbolismo reinante convierte cada recodo del libro, cada línea y cada párrafo, en un intento enmarañado de metáforas basadas en clásicos y en la religión, una maraña compleja de desentrañar y complicada de comprender. Aún con eso, Moby Dick es un clásico imprescindible, sobretodo para los que no sientan temor ante tochos densos y en ocasiones un tanto infumables; si puedes con eso, podrás con este libro, a pesar de que en ocasiones puedas desfallecer.

La Ballena Blanca:

Como digo en el título: el terror blanco del ser humano. Preparaos para una disquisición pseudofilosófica sobre el miedo, el bien y el mal. Hay un capítulo en el libro dedicado íntegramente a definirnos el porqué el blanco es un signo de terror, a pesar de que nosotros siempre lo asociamos a un signo de beatitud y cosas buenas en general. Un capítulo bastante filosófico que te hace pensar que es cierto todo lo que dice.

Moby Dick representa a una ballena anciana, extremadamente grande y con una maldad e inteligencia más atribuible al ser humano que al mundo animal; un ser capaz de atacar por maldad y tan solo arrancarle una pierna al bueno de Ahab, provocándole su dolor y posterior obsesión.

Siempre surge de la nada protegiendo a otras ballenas y acabando con uno o dos botes de balleneros. Cuando algún barco, como el siniestro Pequod (del cual hablaremos en otro post más adelante) se lanza en la brutal persecución de la ballena blanca, ésta se muestra esquiva, siniestramente inteligente y alarmantemente provocativa. Atrae hacia ella la fuerza de la voluntad del ser humano que la persigue, y parece reirse cuando se hunde para coger carrerilla y levantar olas de espuma derrotando a los caballeros/balleneros que intentan lancearla.

¡Un abrazo a todos y hasta la próxima!

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un-mundo-felizEl otro día acabé de leerme este gran libro de Aldous Huxley (autor, para qué negarlo, desconocido para mí hasta el momento de comenzar la lectura). Para los señores y señoras que se fijen en la barra lateral del blog y vean que hace ya mucho tiempo que vengo leyéndome estos dos libros (Un mundo Feliz y Moby Dick), solo decirles que intenten estudiar dos carreras a la vez y mudarse en el mismo período de exámenes, a ver si sus ganas de lectura se convierten en un mero recuerdo o siguen tan boyantes como siempre.

Vamos al lío, que se me escapa el hilo. La ciencia ficción que estoy leyendo en esta colección de tapa blanda azul, lanzada al mercado allá por los 70, está resultando ser una lectura amena, en ocasiones algo densa, pero con un alto contenido filosófico que me atrae como un imán. Vale que el Space Opera es algo más entretenido en un ámbito más personal, pero las implicaciones morales que tienen novelas como Un Mundo Feliz, 1984 o El Fin de la Eternidad, generan un peculiar sentimiento en el lector interesado.

La trama es atrayente; un mundo donde se ha erradicado la infelicidad con dosis de drogas, ingeniería genéticosocial, libertinaje y un largo etcétera. Un mundo donde la gente está separada en castas, unos más inteligentes e influyentes que otros, algunos simplemente mulos de carga. Un mundo que claramente ejemplifica un Üpperheit Überheit (seguramente se escribe diferente, corregidme alemanucos) de una escala tan dantesca que haría palidecer al señor polaco de bigote extraño. Una inmoralidad ciclópea cuyo corolario es el siguiente: “Un gramo de soma lo cura todo”. Los que la hayáis leído lo entenderéis, a los demás solo os puedo recomendar que la leáis en cuanto podáis.

¡Un abrazo!

brave

Cita: “-Claro que lo es. La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectaular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.

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kafkaEs la segunda vez que comienzo a escribir este post, el bueno de Kafka parece que no quiere aparecer en la blogosfera del Nexo de Caminos, ya que el otro que comencé se borró misteriosamente, como la humanidad del señor Gregorio Samsa. Decía, que ya tenía ganas de tocar un tema no exclusivamente relacionado con el ámbito del entretenimiento puro y duro (que también) sino con una temática un poco más profunda, más clásica. Así que aquí voy con unos comentarios sobre la Metamorfosis, del autor Franz Kafka.

Es lo primero que leo de este controvertido autor, y siempre la gente dice lo mismo: “O te gusta mucho o le odias“. Bueno señores y señoras, pues yo me he enamorado, y no lo digo por decir, que total, igual me cuesta comentar esto que todo lo contrario. Si tuviera que basarme en este relato/novela de Kafka para validar su obra afirmaría tajantemente que este autor es un fuera de serie. Una máquina bien engrasada de ironía y escritura preclara, donde una vez acostumbrado a esa narración ligeramente obtusa y a la escritura un tanto densa, compruebas la fuerza de los acontecimientos. Diría que si no estás atento todo el rato a la lectura hay cositas que no acabas de coger, ya que hay aspectos que incluso devorando el libro con devoción, se escapan a la interpretación del lector.

Porque ahí está el tema interesante de este relato (unas 100 páginas en la edición de bolsillo que yo he leído), Gregorio Samsa despierta un día transformado en una especie de cucaracha-oruga gigante y claro, ya no llega a coger el tren que le lleva a trabajar. ¡Eso sí que es un verdadero inconveniente! Seguramente no he captado ni la mitad de las cosas que el enrevesado autor pretendía expresar con esta grotesca fábula, así que hablaré de sentimientos y no de símbolos (aunque la paradoja hace que estas palabras se acerquen con demasiada frecuencia a definiciones bastante parecidas). Me ha dado la impresión de que Kafka es un maestro en bailar al límite, entre el horror gráfico más temible y la ironía más sublime, entre la desesperación más profunda y la comicidad más hilarante, entre el absurdo  absoluto y la aplastante lógica, entre la validez de la moral humana y un fuerte y conveniente desapego de ella cuando las cosas van mal. El insecto que es Gregorio Samsa mantenía a su família antes de convertirse en lo que es, pero ellos no tardan más que tres meses en decidir que se quieren deshacer de él. La fuerza del concepto me hace intuir que ahí hay algo más que no acabo de comprender, pero oigan, no todos somos críticos literarios dignísimos.

Quería utilizar este post para llevar a cabo un par de agradecimientos. Primero a los amigos que, conociendo esta situación poco agradecida económicamente (cómo me luzco con los eufemismos) prestan sus ojos e incluso sus ofertas (¡gracias!) de trabajo para un pobre escritor en paro. Por otro lado sigo buscando trabajo, esperanzándome para variar con ciertas posibilidades cuyo futuro hoy por hoy es translúcido, sino opaco. A todos, gracias por estar y por animar.

La cita: Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcada por curvadas callosidades, cuya prominenia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo.

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2008-01-09-anth01a_lgCon este segundo volúmen de la trilogía El Elfo Oscuro la cosa mejora bastante. Vamos a tener algún que otro SPOILER significativo de la trama, así que tened cuidado si lo queréis leer, ya que para comentarlo me es imposible no desvelar ciertas cosas que os fastidiarán llegado el momento. Me ha servido bastante como inspiración por lo que comenté en el anterior post, para qué negarlo, más que por la trama por el ambiente agobiante de la Antípoda Oscura, pero todo a su tiempo.

Después de dejar con un palmo de narices a la matrona Malicia y a toda la familia Do’Urden, nuestro protagonista se pasa una década en las profundidades de la Antípoda Oscura, el submundo oculto en las profundidades de los Reinos. Si en la anterior novela decía que una de las grandes protagonistas de la misma era la ciuda Drow de Menzoberranzan, en esta son los hostiles túneles de la Antípoda Oscura. En una imperante oscuridad, solo disipada por algunos tipos de musgo u hongos fluorescentes, Drizzt debe sobrevivir, no vivir, reponiéndose de todos los retos que le acechan en las tinieblas. Cómo el honorable Drow se transforma en poco más que una bestia salvaje es interesante, y le da un giro inesperado al personaje. Está claro que Drizzt tiene sus puntos de ira psicópata en la primera novela, pero tampoco me esperaba que la cosa iba a acabar así. De todas formas es agradable que te sorprendan dentro de unos límites aceptables.

La trama se deja llevar. Aderezada y apoyada en dos personajes nuevos que ayudan a nuestro héroe en sus diversos vagabundeos por la Antípoda Oscura. Belwar y Clack enseguida se dejan querer, ¡magga camara elfo oscuro! Las diversas aventuras que viven en los infectos túneles del submundo me recordaron poderosamente a lo que podría ser tranquilamente una crónica atípica de D&D. Que si ahora los desolladores les capturan, que si se encuentran con un mago poderoso… el temible antagonista que les persigue. ¡Ay, porque no nos podemos olvidar del poderoso zin-carla! Así como Belwar y Clak apoyan a Drizzt en todo lo que hace, lo comprenden y lo aman, el poderoso Zaknafein Do’Urden es rescatado de la tumba por la matrona Malicia; con la única y malsana intención de destrozar al pobre Drizzt en un millón de pequeños pedacitos. La verdad es que la maldad Drow se deja ver en toda su esplendorosa oscuridad: despertar al único ser que había ayudado a Drizzt durante su vida, a su padre, maestro y amigo, solo para convertirlo en un ser sin conciencia (ejem, ¿esto se lo creyó alguien?) es lo más detestable que uno puede imaginar. Luego te alegras cuando pasa lo que pasa, es normal.

Para concluir con la valoración, creo que es un importante paso adelante. Deja atrás la oscuridad caótica y fría de Menzoberranzan para ocultarse en unas sombras más peligrosas, más tortuosas, complejas y duras. La Antípoda Oscura es un lugar inhóspito y salvaje donde lo único que sobrevive es el Cazador y… ¿la amistad? Bonito final. Muy emotivo.

antipoda_oscura_by_roomecale

Recuerdo cuando comencé a leer esta saga y por qué. Bueno, todo da sus frutos. Ahora solo toca esperar a que guste. Sin más os dejo con la cita.

Cita:”-Te has arriesgado muchísimo, elfo oscuro -respondió el capataz-. ¡Magga cammara! Cuando envainaste las cimitarras, creí que acabaría contigo.

-Estaba allí todo el tiempo -repitió Drizzt. Miró a su amigo svirfnebli-. Tú me lo enseñaste.

Foto: la segunda sacada de devianart.

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112926-136833-drizzt-do-urden_large1Lo cogí un día para ver si me inspiraba con el tema del módulo de D&D para OKGames (por cierto, espero poder darle un buen empujón en semana santa, sino se quedará solo para disfrute de mi grupo de juego, desgraciadamente han sucedido cosas que han mermado mi capacidad de trabajo) y la historia de Drizzt Do’Urden no me ha decepcionado en lo más mínimo. Después del apocalipsis de fantasía épica que fue leerme los cuatro tomazos de Canción de Hielo y Fuego (I, II, III, IV) se agradece volver a algo más tradicional, más tranquilo, más mágico, quizás previsible en algunos puntos, más fantástico y más oscuro.

El protagonista de la novela se podría decir que es la raza Drow; los Elfos Oscuros, vistos desde el punto de vista de alguien que a pesar de ser Drow, no comprende a su propia raza y la ve antinatural y extraña. Hablaré de la ciudad, Menzoberranzan, más adelante, ahora a por los personajes. Drizzt Do’Urden y su maestro en el arte del combate Zaknafein son dos Drows fuera de lo común, no asumen para nada los dictados de la maligna diosa Loth, por lo que son reprendidos y castigados severamente en multitud de ocasiones, no siendo ejecutados solo por sus increíbles capacidades como guerreros. Alrededor de esta pareja gira la novela, vas viendo poco a poco cómo odian a los suyos, cómo no pueden salir de donde están, sufriendo ante la maldad de sus propios familiares…

El resto de personajes carecen bastante de interés, al menos para mí, siendo como mucho Masoj Hun’ett y el Sin Rostro los únicos que me dicen algo más que “bluf. Es que los Elfos Oscuros no se hacen querer, además el tema de que sean matriarcales y todo el rato estén pegando a los varones de la família me hace pensar que el señor R.A. Salvatore tuvo una infancia un tanto dura, o cuanto menos, compleja.

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La trama es bastante irrelevante, ya que consideraría todo el libro como el preludio de algo más grande: Drizzt Do’Urden es un joven Drow fuera de lo normal, y durante toda la novela se nos explica eso, cómo se va forjando y cómo despiertan los sentimientos malignos hacia su família y su raza. Acostumbrado al bueno de Martin, la verdad es que los giros de la trama me han resultado un tanto previsibles, aunque entretenidos.

Si de esto se hiciera una película, Menzoberranzan llenaría la pantalla constantemente. Me recordaba todo el rato al antro de Ella-laraña en el Señor de los Anillos. Asfixiante, perturbadora, llena de misterios y muy violenta. Menzoberranzan es la ciudad donde suceden los hechos de esta primera novela. La ciudad Drow por antonomasia, situada en una caverna de las profundidades de la Antípoda Oscura (un mundo subterráneo dentro de los Reinos Olvidados), rebosa de una belleza misteriosa y peligrosa por todos lados. El gran pináculo de Narbondel funciona como el Sol de la odiada superfície, iluminando con su mágico fulgor los arácnidos edificios y las puntiagudas estalagmitas donde se sustentan.

En definitiva, un buen libro. Entretenido, interesante y prometedor (para las siguientes entregas de la saga). Solo siento no haber comenzado a leerlo antes. ¡Os dejo con la cita! ¡Un abrazo!

La Cita: “¡Nosotros somos los drow! -proclamó Hatch’net-. ¡Vosotros sois los drows, a los que nunca nadie volverá a pisotear, amos de vuestros deseos, conquistadores de las tierras que escojáis habitar!”

La segunda foto sacada de devianart.

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